San Juan portador

Carmen Perales Garat

Dice Ana Catalina Emmerick, en “La amarga pasión de Nuestro Señor Jesucristo” que una vez amortajado el cadáver del Señor en el Calvario, fue trasladado al sepulcro cedido por José de Arimatea en unas andas que portaban a hombros éste mismo, Nicodemo, Abenadar (un soldado romano converso) y el propio San Juan. Helo ahí, pues, como uno de los primeros portadores de la historia, el único de los apóstoles. La primera procesión, y el primer joven.

Sorprende en el relato evangélico la sola presencia de este muchacho, al que no acompaña siquiera su hermano mayor. Quizá su juventud lo ponía a salvo de represalias serias, quizá su adolescencia lo dotaba de esa rebeldía y desafío a lo establecido, le privaba del miedo. El caso es que es el único que acompaña a su Maestro desde la oración hasta el sepulcro. Ni el elegido Pedro soporta, tras el canto del gallo, la mirada dolorosa y compasiva del Señor.

A pesar de esto San Juan Evangelista no es una figura particularmente representativa en muchos procesionarios. Ni tan siquiera en el santoral. Es lógico, puesto que el otro Juan es “el más grande nacido de mujer”, que dijo Jesús. Entonces ¿por qué en Ferrol es la figura más representativa -con permiso de las restantes advocaciones-? Porque, sin demérito de ninguna otra, la figura de San Juan es la que más sale y ha sido motor de la profesionalización (y de una incipiente re-cristianización, me consta) de nuestra Semana Santa. Más allá de los hábitos, los plateados del paso, las flores o los bailes, -todo muy destacable-, la cercanía que sentimos por esta figura es superlativa y dudo que alcance comparación en cualquier otro punto de nuestra geografía.

Seguramente la procedencia franciscana de la Semana Santa, con figuras articuladas que representaban, entre otros pasajes, el descendimiento, en el que San Juan era indisculpable, habiendo en Ferrol desde la Edad Media un convento de esta congregación, tiene que ver con su origen, pero no justifica por sí sola su conservación y trascendencia.

Sabemos que ya existía la cofradía de San Juan al menos desde el siglo XVIII, puesto que en el proyecto de construcción de la concatedral de San Julián ya se reserva un espacio para ésta y su imagen titular. Ignoro yo, perdóneseme, en qué momento pasó a la iglesia de Dolores y a la Tercera Orden de los servitas, pero la tradición en Ferrol era previa. Quizá porque en una tierra marinera, donde desde muy jóvenes primero los pescadores y después los militares, casi niños, se jugaban la vida y buscaban un patrón que los representara. Quizá ese desenfado, es arrojo juvenil, servía de inspiración a estos otros jóvenes audaces. Quizá porque teníamos muy cerca al hermano mayor, y nos sentíamos cercanos a la familia (en Santiago también hay una iglesia dedicada a Salomé, devoción asimismo poco frecuente).

Fot. JGCH

Elucubraciones aparte, nuestra pequeña ciudad venera desde hace siglos a este joven santo. Muchachos como fue él lo cargan sobre sus hombros sin saber, probablemente, que es un más que justo homenaje al primero de su “profesión”. Ojalá todos ellos (creyentes y no creyentes, los que lo hacen por tradición o simplemente por chulería adolescente) lleguen a comprender en profundidad la figura de su patrón: lo relevante que es mantenerse al lado del inocente, del justo, a pesar de que la sociedad nos contradiga, a pesar de que no se estilen nuestras opiniones, a pesar, incluso, de que se nos persiga por ellas; el orgullo positivo de ser fiel al Amor de los Amores, que dio la vida por nosotros. Y que cuando griten al recogerse: “¿quiénes son los mejores?” conozcan y reconozcan que el mejor es el que va en el paso, el que les abrió camino, el que les concede el honor de acompañar al Señor en su Vía Crucis, en su calvario y en su traslado al sepulcro. Estoy segura de que el santo los pondrá con amor a los pies del Cristo Doloroso.

PD/ He oído que se quieren adornar las capillas del trono y se está buscando un motivo razonable. Acaso fuera un bonito gesto poner en ellas a los otros tres primeros porteadores. Y en la que resta a María Salomé, su madre, que también estaba al pie de la Cruz.

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